lunes, 6 de junio de 2016

El Cortauñas: una historia que me va a costar muy cara y que no puedes perderte



Antes de seguir, diré que esta noticia me puede costar la herencia. Voy a contar una historia verídica de los Caviedes, que nunca nadie se atrevió a desvelar. Esta historia secreta y vergonzante que llevo años callando por miedo a dejar el honor de la familia a la altura del betún, va a salir en estos momentos a la luz, y tú vas a ser uno de los primeros privilegiados en conocerla. Son muchos años de silencio, y la cotilla que llevo dentro no puede soportarlo más: el cortauñas de los Caviedes dejará de ser un misterio para la humanidad. No voy a pensar ahora en las consecuencias que puedan recaer  sobre mi persona porque me gusta el riesgo. Vivir sin riesgo no tiene emoción, qué quieres que te diga.
Mi padre, que es principalmente el protagonista de esta historia, tenía un cajón en su mesilla donde siempre guardaba todo lo que pillaba por ahí y que él considerara de primera necesidad. Su cajón era una especie de nido de urraca donde acababan siempre todos los bolígrafos y tijeras de la casa, todas las gomas de borrar, sacapuntas, compases y en general todo el  material de oficina, que por alguna razón psicofreudiana a él le parecía especialmente atractivo. El "urraquismo" de mi padre siempre ha sido patológico. Si por poner un ejemplo, estabas haciendo los deberes en el comedor y hacías una pausa para comer el bocadillo, cuando volvías, ya no había ni goma, ni lápiz ni compás, ni sacapuntas, ni deberes. En menos de cinco minutos, todo había acabado en su cajón. Este cajón además de cosas de oficina, contenía   sus propios pares de calcetines casados por la iglesia, sus calzoncillos blancos con aireación bilateral (los que había en España porque no había otros: en aquella época una ardilla podía cruzar la península saltando de un  calzoncillo blanco con aireación bilateral  a otro y subir con ellos al peñón de Gibraltar a saludar).
Pero volvamos al cajón de mi padre y sumemos a las mudas el material de ferretería que también era una de sus debilidades: algún destornillador, brocas,  una dinamo, un interruptor de la luz, varias cajas de bombillas sin estrenar de 100, 60 y 40 watios y un rollo de lija. El cajón era una mezcla de ferretería, tienda de lencería soviética y papelería, una especie de "todo a 100" antes de que se inventara ese concepto de bazar chino, así que cuando alguien necesitaba algo, fuera lo que fuera, antes de bajar a comprarlo o de buscar en otro sitio, iba al "cajón de papá”.
 Si algún Caviedes quería cortarse las uñas, ya sabía que no  iba a encontrar el cortauñas en un discreto rincón del cuarto de baño. En el cajón-bazar había media docena de cortauñas de distintos calibres. Pero ocurrió  que la búsqueda del cortauñas empezó a ser demasiado frecuente, sus usuarios no lo volvían a colocar en el “ cajón ", y que además por alguna extraña razón sólo explicable por la física cuántica, los cortauñas que salían del nido, nunca volvía a aparecer en la dimensión espacio-temporal de nuestra casa.
 Mi padre buscaba debajo de los cojines del sofá, registraba habitación por habitación sometiéndonos a un exhaustivo interrogatorio más propio de la C.I.A que de un padre y durante la hora de la comida sacaba el tema:
-  ¿cómo puede ser que hayan desaparecido todos los cortauñas de la casa? no me lo explico, si Mario no ha estado, Carlos y Sara no lo tienen y tú tampoco, aquí hay alguien que miente. ¿Por qué os reís? a mí no me hace gracia, yo tenía cinco cortauñas en mi cajón: uno pequeño, uno ancho por detrás, otro de "recuerdo de Toledo" y dos de llavero.
 Cuando llegaba el postre, todas las conversaciones habían derivado de un tema a otro y él seguía rumiando la desaparición de los cortauñas.
Una mañana llegó mi padre de la calle, muy misterioso y  muy  a la chita callando con un cortauñas del tamaño de un calzador, un cortuñas como para cortar pezuñas de vaca, un cortauñas que para pasar a la otra dimensión de los desaparecidos necesitaba pasaporte y tarjeta de residente. Desde aquel día, bautizamos al cortauñas como "el cortauñas de la familia Caviedes" porque dadas sus dimensiones servía para cortar las uñas de toda la familia a la vez si nos pusiéramos muy juntos muy juntos y juanete con juanete.

Junto al cortauñas había comprado una cadena de perro de un metro y medio de largo, pero de perro perro, más o menos como para evitar que un mastín de los pirineos persiga a una hembra en celo. Una cadena que pesaba lo que no está escrito. Sé que hay novelas de ciencia ficción menos creíbles que la propia realidad y puedo prometer y prometo que mi padre enganchó el cortauñas gigante a la cadena de perro uniéndolos para siempre en matrimonio mientras decía "que lo que he unido yo, no lo separe nadie" y además decidió que el lugar más adecuado para dejar al matrimonio era el mueble-bar.  Nosotros presenciábamos la escena con estupor y en silencio: mi padre cogió una alcayata gigante, en proporción con lo que se traía entre manos y dejó para siempre el cortaunas-cadena enganchado en una de las paredes internas del mueble- bar. Ahí permaneció muchos años, y ninguno pudo convencer a mi padre de que aquello era algo antihigiénico y bochornoso. ¿Qué hubiera pasado si alguno de nosotros hubiera necesitado cortarse las uñas de los pies mientras la familia recibe a una visita?  Pues sí, hubiéramos arrimado el pie al mueble-bar y hubiéramos sacado la cadena gigante y el cortauñas  gigante bajo la mirada gigante de aquellos amigos de nuestros padres, tan finolis, los amigos digo, que estarían tomando un coñac y unas aceitunas con anchoa. Por suerte nunca tuvimos que sobrevivir a esa escena.

Aquello fue una manera efectiva de conseguir que el cortauñas no se perdiera y de que los Caviedes no lo usaran; primero por temor a una amputación involuntaria de pie y segundo por dignidad. Mi madre, que no pudo disuadir a mi padre de la idea, acabó por agenciarse una copa de cristal rojo oscuro y también gigante donde metíamos el conjunto podador y donde la verdad pasaba bastante desapercibido.
Este relato es real, sus personajes existen. Mi padre sacó gusto a atar las cosas para que no se perdieran, en el trabajo lo conocieron más tarde por por atar lápices a cuerdas de tender la ropa. Los Caviedes que abandonaron ya el núcleo familiar tienen sus propios cortauñas y lo localizan con un detector de metales (eso cuando no extravían el detector de metales). El cortauñas de la familia Caviedes acabó desapareciendo pero se convirtió en una institución. La policía científica sospecha que está en la casa de Eduardo manostijeras. Mi padré pasó a la historia como el primer hombre que ató un cortauñas gigante a una cadena de perro y la metió en un mueble bar. Se hizo famoso y ocupó la portada de todas las revistas.
Se me va a caer el pelo. Lo sé.

sábado, 30 de abril de 2016

Todo lo que Jessica Fletcher vino a decirme y yo no tuve el valor de negar



En la cocina tengo un frutero. Fue un  capricho: un frutero de cristal de tres pisos. Precioso. Una compra compulsiva de víctima del laberinto del Ikea y sus ideadores suecos, perversos, muy perversos, que para adquirir un par de bombillas led de las del final del laberinto, te hacen recorrer el laberinto entero sin posibilidad de escapada ni de vuelta atrás. Tienes que pasar obligatoriamente por la sección salones y comedores con niños rubios correteando alrededor de un sofá donde una madre lee -¡lee!-, por la sección mesas y sillas de oficina, luego por la sección cocinas impecables con mini jardincillos donde brotan hierbas aromáticas,después por la sección dormitorios de matrimonios mixtos y étnicos que no discuten nunca gracias a las barreras que se crean entre ellos a base de cojines con estampados tiroleses, y también por la sección niños. Niños suecos, claro, niños que sólo han visto el sol en los dibujos animados, niños descalzos con habitaciones de colores y paredes de pizarra que no han oído nunca la palabra corrupción, ni han comido un cocido completo con sus garbanzos y su relleno, porque el único relleno que conocen es el del edredón. Niños de otro planeta que se asoman a la ventana, no para ver procesiones, ni toros, ni desahucios, ni suicidas lanzándose al vacío. Niños que contemplan embarcaciones de madera, casitas de colores y la aurora Loréal. Después de varias horas llenando un carro de utensilios que convertirán tu casa en un hogar mullido y feliz, por fin llegas  a las bombillas que es a lo que ibas, Pero llegados a  este punto no sabes si te quedará dinero para las dos míseras bombillas  y por no pasar un apuro en la caja, decides que mejor las compras otro día, aunque tengas que volver a las garras del laberinto. Volver al laberinto, sí, caminando de nuevo como una oveja churra por los senderos que ha ideado el señor. Un sendero para  tontos como tú y como yo.
 Así es como llegó el frutero a mi casa.  Como un hijo de penalti pero al que al final se quiere.

Ayer miré el frutero.
Lo miré como se miran las cosas por primera vez. Y sentí vergüenza.
En mi frutero hay:
- una caja “Leotrón” con jalea real, 12 vitaminas y 4 minerales.
- una tarjeta que anuncia “reformas en general” soleras, alicatados, pintura, fontanería -pida presupuesto sin compromiso-
- tres sobres de infusión “yogi tea Himalaya” que me regaló mi  amiga Isabel, que siempre está a la última en asuntos de sanaciones espirituales a base de infusiones.
- dos paquetes de pañuelos de papel.
- una barra de cacao con olor a frambuesa.
- una concha marina grande y rosa, tipo vieira.
- el esqueleto de dos estrellas de mar.
- piedras.
- fósiles.
- una bolsa de caramelos de regaliz "liquirizia dietorelle", para cuando me entra el hambre y no quiero comer.
- un papelillo pintoresco que estaba en el buzón donde se anuncia el “gabinete de videncia del doctor Dabo” vidente, futurólogo y curandero que ayuda a resolver la adicción al tabaco y al alcohol, la depresión y casi todos los problemas que acaban en -ón, incluídos los problemas de erección, además del mal de ojo y el olor a ajo.
- Otro papelillo similar de la competencia, el "Señor Bora. Magia africana", que asegura que “no hay problema sin solución” y garantiza las mismas cosas que el doctor Dabo pero éste además trabaja a distancia. Yo los guardo por fetichismo, por exotismo y porque nunca se sabe.
- unas gafas de sol con las patillas mordisquedas.
- doce cartas sin abrir.  
- una caja de infusiones "INFURELAX" .
- otra caja de infusiones "NON STRESS" donde sale una chica sentada a lo Gandhi con los ojos cerrados haciendo como que hace yoga.
- el afinador del rabel.
- cajas vacías de lexatín, de diazepam, de alprazolan y lorazepam.
y un papel verde que dice: "Retiro de fin de semana: Viaje al bosque del corazón. Yoga, meditación y naturaleza. Cocina eco-vegetariana y biodanza. Organiza Crecimiento Espiral Selenita.

La única fruta de mi frutero era la frambuesa de la barra de labios. Ya me lo dijo la niña: "mamá, la única fruta del frutero es la frambuesa de la barra de labios". ¡Oh ignominia!, ¡oh maldito derrumbe de mi propio imperio!, ¡oh pérfido, satánico y endemoniado destino! ¡Yo soy el reflejo de estos despojos!,
Soy un ser humano en decadencia.
Supongamos que hubiera cometido un crimen. Supongamos que en una acalorada discusión y a falta de cojines que la amortiguaran, en el crescendo de mi ira hubiera matado a mi marido. Supongamos que Jessica Fletcher estuviera investigando el lugar del crimen, que Jessica Fletcher llegara a mi cocina, que Jessica Fletcher con su cara de marisabidilla se plantara delante de mi frutero.
¡Plin!
- Me encanta que la gente se acuerde de mí.
- ¡Pero si eres Jessica Fletcher!, ¿por dónde has entrado? ¿cómo lo has hecho? 
 fíjate que en este momento te estaba invocando así a modo de ejemplo, lo que son las cosas.
- Por la pared, querida. Es algo sencillo aunque no lo creas. Y rápido, aunque esta vez me he demorado saludando a Mister Proper y al mayordomo del algodón, dos viejos amigos, sí señor. No los veía desde la inauguración de la última sede de Porcelanosa en Arequipa. 
- ¡Yo soy inocente!, tengo limpia la conciencia, yo soy normal y hasta saludo a los vecinos.
Querida, no te acuso de matar a nadie, eres demasiado cobarde. Oh querida, me pregunto si tendrías un té para mí. Que sea un earl grey con una nube de leche. Me irá bien ese té. Pónmelo en una taza decimonónica. Gracias. Llego del Condado de Jefferson, y puedo asegurarte que ha sido un largo viaje.
Pero dime: ¿alguien ha barrido la casa desde anoche? en efecto: ¡pelusas!, ajá tu conciencia es lo único limpio aquí, al menos por ahora. Y dime ¿alguien más tiene la llave de la casa a parte del resto de los habitantes? ¿no le has dado una copia al sargento Boight? 
¡Un momento! ¿Qué es esto? ¿y todas esas cosas impropias de un frutero? Panfletos de magia negra, infusiones relajantes, ansiolíticos devorados, patillas mordisquedas, ¡cartas sin abrir! oh querida, esto es una mala señal. En realidad este frutero está lleno de malas señales. Detrás de las cartas sin abrir hay siempre un enfermo mental ¿y si en una de esas cartas Hacienda te reclama un dinero, o tienes una citación judicial, o lo que es más grave: la biblioteca te pide un libro que no has devuelto? ¿Sabes lo que te digo? Creo que ya he visto suficiente. Usted ha empezado a trasgredir límites; ha perdido el respeto a la Banca, al ministerio de Hacienda y a las bibliotecarias, a su propia cocina y también a los fruteros.
Sí, he dejado de tutearla porque no merece mi confianza. Gracias por el té. Ya no lo quiero.
Es usted un ser deleznable y repulsivo. Una cuarentona en crisis a punto de dejarse las canas y de apuntarse a un curso de biodanza nudista en las profundidades de algún bosque. Disculpe mi franqueza: es usted carne de secta ecológica. Se lo digo así, sin rodeos y a la cara. Está a punto de convertirse a la Felicidad de Herbolario. ¿Cree que puede arreglarlo todo con infusiones, eh? 
Míreme bien a los ojos, a estos ojos de marisabidilla que tengo. ¡Ajá! ¡Lo estoy viendo!: a usted lo que le pasa es que ha llegado al ecuador de su existencia y está frustrada. Piensa que hubiera podido hacer con su vida algo más interesante que vivirla a secas. Usted anhela haber hecho algo más. Pretendía dejar rastro de su paso por este mundo: escribir, pintar, ser vista o ser leída, inventar una nueva ley de la gravedad en la constelación de Orión! ¡Oh gusano! no es usted más que un gusano revolcándose en sus aciagas ambiciones.
¡Egoísta al cuadrado, mala madre y mala mujer! ¿No te bastaba con  tener un trabajo, una casa, un móvil, un coche, el carnet de conducir, estudios, el derecho al voto? Nooo. La niña quiere opinar, quiere escribir, quiere pintar algo y pintar algo en esta vida  ¿Quién se ha creído que es? ¿Emily Dickinson?
¡Oh miserable! ¿ha pensado usted en los disgustos que da a su adorable familia? Le diré una cosa, y deje de llorar, por el amor de dios, ¡qué patetismo! Escúcheme: usted no es hombre. No es rica. No es hija de Barack Omaba ni de la Rana Gustavo. Usted vive en el país más corrupto de toda Europa, el país que inexplicablemente tiene más patriotas por metro cuadrado, patriotas tontos, querida, orgullosos así de la patria en abstracto y a batiburrillo: orgullosos de Torrente, del rey y del ex rey, de la casa real al completo, orgullosos del churrasco, del ruido porque aquí la tolerancia acústica es ilimitada. En su país se habla a voces, se abusa de los tacos, se habla en imperativo y se desconoce el condicional de cortesía. Mire, ¿ve esto? Cuando vengo a resolver algún caso me traigo tapones. Su país tiene muertos en las cunetas, pagos en B, animales agonizando con la lengua fuera para el disfrute de su pueblo, su país es una caca y usted no tiene el ánimo para más caca.
Le daré un consejo porque con esta cara que dios me ha dado sólo puedo dar lecciones o consejos. Míreme bien a los ojos de marisabidilla que tengo: si quiere salir de esta con un poco de dignidad, vuelva al Ikea. Juegue un poco a las cocinitas,  imagine las auroras loréales -porque usted todavía vale algo- y tenga fe en la reencarnación. Ponga la fruta en donde se pone la fruta y, por favor, no se deje las canas. Sobre todo no se deje las canas, porque ese es de entre todos el peor de los presagios.

domingo, 27 de septiembre de 2015

El otoño (o cómo la escuela fabrica la tontuna)



El otoño

El otoño es una estación del año que empieza el 21 de septiembre y acaba el 21 de diciembre. El otoño se caracteriza porque no hace ni mucho frío ni mucho calor, y a mí me gusta  porque está en el término medio. En verano hace demasiado calor y se suda bastante, pero en invierno también se suda mucho porque como hace frío nos ponemos un jersey gordo y encima del jersey gordo, un abrigo, así que al final también se suda. A mí no me gusta sudar, la verdad, me da un poco de asco.

Otra cosa que pasa en otoño es que a los árboles se les caen las hojas y en consecuencia dejan el suelo de las calles y de las plazas como cubiertos de una alfombra en tonos amarillos. Esta capa de hojas puede ser peligrosa y provocar caídas debido a la humedad. Para quitar esas hojas, mandan a unos señores del ayuntamiento  con una máquina que es como una mochila puesta  en la espalda con un aspirador pero que en vez de aspirar, echa aire. Con el aire empujan todas las hojas en un montón y luego las tiran a la basura. Y éste es un trabajo que se hace solamente por la mañana, muy pronto, antes de que la gente vaya a trabajar.

Que se caigan las hojas no es ni bueno ni malo; es algo que tiene que pasar porque lo marca el ciclo de la naturaleza, aunque también hay árboles a los que no se les caen, como por ejemplo a los pinos y se llaman árboles de hoja perenne.

En otoño hay muchos frutos de color marrón como avellanas, nueces o castañas que antes han sido frutos verdes y antes de ser verdes han sido flores, pero cuando llega el otoño se ponen marrones. Esto no es ni bueno ni malo, es así porque en otoño tiene que ser todo muy de color marrón.

También se me ha olvidado decir que las castañas pueden ser pilongas o no pilongas. Ser pilonga no es ni mejor ni peor, es ser distinto y eso no es malo. Todos somos distintos. Las personas podemos ser blancas, negras, amarillas como los chinos o marrones como el otoño. Lo importante es que todos seamos solidarios y tolerantes y no marginemos a los otros por cómo son.

El otoño es la época en la que algunos pájaros empiezan a emigrar a África huyendo del frío. Yo esto no lo veo ni bien ni mal. Cada uno que haga lo que quiera siempre y cuando no moleste a los demás, es decir, que la libertad de uno acaba donde empieza la del otro.

Los días son más cortos en otoño que en verano porque a la tierra por un hemisferio le llega menos luz del sol. Esto pasa porque la tierra gira alrededor del sol en una elipse y en otoño el sol da más por el lado de abajo y calienta a los de Australia, pero luego pasa al revés, que nos da más el sol por nuestro lado y a ellos les toca el otoño, las hojas secas, las nueces y las castañas, es decir que nos repartimos “el marrón”. Esto es bastante justo, porque lo que no puede ser es que a unos les toque siempre lo bueno: el veranito, la piscina y los bikinis de colores y otros carguemos con las peores estaciones. Las personas debemos compartir lo que tenemos, pero compartir de verdad, no dar lo que nos sobra, porque eso no es compartir, eso es dar limosna.

En conclusión, el otoño es una estación fundamentalmente con sus cosas buenas y con sus cosas malas y a algunas personas les gusta y a otras no. Esto no es ni bueno ni malo porque para gustos se hicieron los colores, aunque si tengo que dar mi opinión sobre el otoño diría que a nivel general está bien.

martes, 15 de septiembre de 2015

La resurrección de la carne y el perdón de los pecados


Queridos todos:
No estaba muerta ni estaba de parranda. Estoy resucitada de un letargo infernal de cuyo nombre no quiero acordarme. La historia de esta segunda lámpara con la que doy por resucitado también este blog es la historia de una superviviente que se merece muchos aplausos y condecoraciones.
A esta lámpara la llamaremos desde ahora Salomé  porque es un nombre contundente de mujer de rompe y rasga. Podría haberle puesto Cecilia, como la rompecorazones de Paul Simon y Garfunkel pero romper el corazón a esos dos ya ves tú qué mérito tiene. Me debatí entre Fernanda, Vicenta y Mari Trini pero desistí porque  son nombres que sólo pueden ir juntos. Son nombres de trillizas univitelinas o de amigas que viven en el mismo barrio,  van al mismo gimnasio y  se estremecen a coro viendo el festival de Eurovisión. Tomar a uno de ellos por separado es como adoptar un percebe y dejar a sus hermanos en  el orfanato. Qué pena. La gente que hace eso no tiene corazón. Luego estaba Clotilde que es nombre de gallina, Margarita que es nombre de vaca corriendo por un prao con su cencerro, Esther que es nombre de oveja churra sumisa, y Malena que es nombre de tango.
Así que nada: Salomé.
La gestación de Salomé ha sido muy dura hasta el punto de que ya nadie pensaba que la pobre fuera a llegar a término. Yo diseñé a Salomé en la mesa del comedor con un lápiz, un papel y con mucho amor de ser creador, pero sin las ínfulas de Geppetto y mucho menos de Dios y muchísimo menos de un líder de Podemos, porque hay que ver cómo son las ínfulas de los seres creadores y yo, ya quisiera, pero para ínfulas no valgo.
Compré  abalorios en la única tienda bien surtida en lentejuelas, bolitas y perifollos de toda la ciudad. Una tienda donde la dueña y dependienta que en este caso son la misma persona, resultó ser poco simpática, la verdad. Una dependienta que sólo hace frases en imperativo negativo como "por favor no te apoyes en el mostrador, por favor no toques las vitrinas, por favor no roces los muestrarios, por favor no mires, por favor no niños, por favor no perros, por favor no tosas, no pestañees, no respires..." en realidad lo que nos quiere decir veladamente, aunque ella no lo sepa, es "por favor no vuelvas", y ese es el problema: que no quieres volver pero ella tiene el monopolio del abalorio, así con rima y todo para más retintín. Tal fue mi hartazgo que llegó lo inevitable después de varias visitas: el enfrentamiento. No voy a entrar en los pormenores de tan desagradable episodio ni en quién tenía razón aquel día, pero la cosa es me fui calentando globalmente hasta que exploté, me entró un ataque de orgullo supino y salí de allí jurándole que no volvería nunca más, que había perdido una clienta, que vaya maneras de tratar a la gente, mientras ella, impertérrita como una esfinge, se jactaba de ser un monopolio y de ser la dueña absoluta de sus abalorios, del suelo que yo pisaba y del aire que respiraba. Valladolid da gente así, con la mala leche en la masa de la sangre.
El precio de que yo saliera de allí con la cabeza bien alta lo pagó la pobre Salomé que se quedó a medias como la Sagrada Familia y en un rincón de la casa, olvidada, polvorienta, con su proyecto de vida chafado mientras yo pensaba en las maneras más perversas de conseguir los abalorios sin tener que humillarme ante la dependienta imperativa negativa: entrar por la noche a robarle con un pasamontañas y una linterna, mandar a otra persona a buscar los abalorios o hacer el pedido por internet a nombre de mi madre, fueron algunas ideas.Todas peliculeras e inviables; a mi madre le usurpo la personalidad para firmar reivindicaciones feministas en el change.org y ya se ha coscado, no está el horno para que yo meta  bollos en forma de pedidos online a su nombre, mandar a otra persona a buscar justo los mismos abalorios que yo necesito es dejarse ver mucho el plumero, pero el mayor obstáculo de todos era el pasamontañas. Los pasamontañas me quedan fatal y  yo no me pongo un cinturón de castidad de lana en la cara si no es para atracar al Bundesbank o al menos a la Merkel mientras ronca bocarriba en calzoncillos. Eso de que el fin justifica los medios es mentira y gorda; el fin sólo justifica los medios si en el fin hay mucho dinero o mucha risa en juego. Hacer el ridículo con un pasamontañas por un puñado de abalorios no es dignamente rentable, piénsalo. Bastante vergüenza hemos pasado los niños de los años ochenta con aquellos pasamontañas que además de pelotilla, nos hacían cara de señor jugando al tute, como para recrearnos en el trauma así a la primera de cambio.
El caso es que Salomé supo esperar a momentos de mejor suerte; ha soportado mi mal de ojo, mis fobias, mis altibajos, mi mala salud, la mudanza más angustiosa de la historia de las mudanzas y el abandono de todo un verano en un piso lleno de cajas. Un verano en esta ciudad en agosto es como el desierto de Sonora pero sin cactus ni ratas canguro ni coyotes ni correcaminos. De hecho una vez un hombre se quedó de rodríguez aquí en el mes de agosto, tuvo la mala suerte de que el ascensor se le paró entre el cuatro y el quinto y lo encontraron en septiembre fiambre fiambre. La autopsia reveló que murió de hambre, de sed, de soledad, de calor y que no vino a rescatarlo ningún bombero en tanga y tampoco ningún lagarto.
Pero volvamos a Salomé que ya me he ido mucho por las ramas. Sin ninguna esperanza fui haciendo encargos de abalorios en  sucursales de otras ciudades. Me enviaban lo poco que quedaba en los almacenes: quince abalorios de Logroño, doce de Zamora, cinco de Murcia, veinte de Santander y así hasta conseguir unos cincuenta. Pero no quedaba ni un sólo abalorio facetado de nuestro verde. Los había en verde plátano sin madurar, en verde limón, en verde aceitunado, en verde lechuga, en verde Romancero Gitano e incluso en verde viejo verde, pero el nuestro, era un verde distinto a todos. Un  verde judía verde francesa  precioso pero agotado en todos los rincones de la península y parte de los archipélagos. Así que otra vez a parar la obra. Salomé me miraba, yo me encogía de hombros y las dos lloramos un poco. A ella le han quedado unas lágrimas azul cobalto preciosas. Eso que ha sacado en limpio. A mí las lágrimas lo que me dejan es la cara como un mono de Gibraltar y mucha sed.
Pero el destino, el fatum o el determinismo volteriano me colocó el veinte de mayo a las cinco de la tarde en el centro de Praga delante de una tienda de souvenirs, y allí entre postales macilentas, matrioskas pintadas con prisa, holografías de Kafka, cajas de cerillas, dedales y marionetas con la nariz resfriada, vislumbré ¡oh milagro! nuestra esperanza hecha un manojo de collares polvorientos ¡de nuestro verde judía verde!.
 Me los llevé todos: tres collares y dos pulseras, para luego deshacerlos, claro. Desahacer aquellos collares fue un acto creador quasi divino. Y así como que no quiere la cosa, descubrí el Deconstructivismo Constructivo, una nueva corriente artísica que me he inventao; un bofetón para los arquitectos de vanguardia que se creían los más vanguardistas y que ahora me tienen colapsado el teléfono..
 Que nadie se atreva a insinuar que Salomé no tiene carácter. Salomé es una lámpara con historia y no con una historia made in china,  ni con una historia de molde  ni de producción en cadena. Salomé es única y fuerte porque ha sobrevivido a todas sus dificultades gestacionales, porque es el resultado de la donación de órganos de todas las partes del mundo y porque sabe que la vida de verdad es un milagro, una conjunción de miradas, de partículas y de planetas. Por todo esto y también para llevar la contraria al otoño creo que merece la pena aplazar un poco más mi apostasía y aclamar un credo o algo, aunque no sepa muy bien en lo que credo -más mejor, porque la gente que sabe muy bien en lo que crede me pone muy nerviosa, tiene la obligación de actuar en consecuencia, de dar ejemplo, de ser coherente y eso es poco humano y muy aburrido-. No hay que fiarse nunca de un sabihondo de ideas fijas, ni tampoco de mí, aunque te diga esto con mucha convicción, precisamente por eso, porque lo digo con mucha convicción: ojo.

 No creo en dios
 ni en los padres todopoderosos
 creadores de cielos y de tierras
 de plazas de toros y de puticlubs de carretera.
 No creo en jesucristo pero me gustan los pantocrátores porque me da a mí que en sus dos deditos levantados hay un mensaje subliminal que aún no se ha descifrado y porque tienen algo de bobalicón que me enternece mucho.
No creo en los embarazos por la obra y gracia del espíritu santo porque eso no hay quien se lo crea.
Creo en los motes y en las palabras divertidas como Poncio Pilato que si lo pilla Gloria Fuertes lo hace piloto.
Creo en el descenso a los infiernos porque lo conozco y es mentira que hace calor. En el infierno hace frío.
Creo en el ascenso a los cielos, en la autosalvación, en el humor.
Creo en los locos, en los orgasmos múltiples y en los zurdos
Creo en la destreza de la uña larga de los chinos
Creo en la resurrección de algunos muertos,
 y en la resurrección de las carnes con todos sus pecados.

Jamón